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Hermilo de San Eliseo (Carmelitas Descalzos de Toledo. Valladolid).
Hermilodesaneliseo

El convento de carmelitas descalzos de Toledo había sido elegido por los sublevados el 21 de julio a las órdenes de Moscardó como uno de sus lugares de defensa. Al comenzar el asedio de la ciudad, al día siguiente los guardias civiles que lo ocuparon se retiraron al Alcázar, y los religiosos -una comunidad de la que ya han sido beatificados 16 como mártires- trataron de huir. Seis de ellos no llegarían vivos al anochecer: el prior Ovidio Fernández Arenillas (padre Eusebio del Niño Jesús), de 48 años; los alumnos de teología Esteban Cuevas Casquero (fray Eliseo de Jesús Crucificado), Perfecto Domínguez Monge (fray Perfecto de la Virgen del Carmen) -ambos de 22 años-, Tomás Mateos Sánchez (fray José Agustín del Santísimo Sacramento), Pedro Ramón Rodríguez Calle (fray Hermilo de San Eliseo) -ambos de 23 años- y el novicio Clemente López Yagüe (fray Clemente de los Sagrados Corazones), de 24 años.

Fray Hermilo de San Eliseo quedó con nueve años huérfano de padre, y al caer mortalmente enferma poco después su madre, ingresó con sus hermanos en el Patronato de huérfanos desamparados de Valladolid, de donde pasó dos años más tarde al colegio de Medina del Campo. En 1928 marchó al noviciado de Segovia y profesó en 1929. Estudió en Ávila, Toledo y Salamanca, haciendo la profesión solemne en Toledo el 29 de junio de 1936.

Siguiendo las instrucciones del prior, tuvo que salir, pasando la noche del 21 de julio en casa de doña Cecilia Criado (Alfileritos, 8), con fray Perfecto y fray Clemente. Emplearon las horas en rezos, se animaban mutuamente al martirio y se confesaron con Don Antonio Gutiérrez, capellán de la Armada e hijo de doña Cecilia que se encontraba en la casa. Con los otros dos se pasó la mañana siguiente a la terraza de don José Nodal y allí lo abatieron a tiros, como a fray Perfecto, los milicianos desde la oficina de Correos, que dominaba toda la azotea. Los milicianos intentaron tirar los dos cadáveres a la calle, pero una vecina que tenía una reja al nivel de la azotea que se abría, dijo que los podían bajar por allí, y así lo hicieron. Allí los registraron y vieron que eran religiosos con su escapulario del Carmen. La dueña de la casa, Justina, asegura que en la azotea quedaron “unos tres años las manchas de sangre, que allí dejaron, a pesar de las lluvias y ventiscas: y nosotros, siempre las mirábamos con respeto, diciendo: Sangre de mártires”. Su marido insistiría: “He de consignar que la sangre de los dos religiosos, que murieron en mi azotea, no conseguimos hacerla desaparecer por muchos medios que pusimos para ello: yo considero esta circunstancia como signo o señal especial”.

(Carmelitas Descalzos de Toledo. Valladolid.)

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